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Existe un sesgo profundo en la manera en que decoramos nuestros hogares con arte: pensamos en paredes. La pared es el espacio natural del arte doméstico, el lienzo sobre el que se proyectan nuestros gustos y aspiraciones, el territorio donde colgamos lo que queremos que diga algo sobre nosotros. Pero hay una dimensión que la pared no puede dar: la profundidad, el volumen, el juego de sombras que solo un objeto tridimensional puede generar. La escultura —en todas sus formas, desde la cerámica artística hasta la fundición en bronce en pequeño formato— es el elemento que diferencia los hogares bien decorados de los que realmente tienen algo que contar.

Por qué la escultura pequeña es el lujo accesible que nadie menciona

Cuando hablamos de escultura, tendemos a pensar en escala monumental: Henry Moore en un jardín público, Rodin en un museo, Chillida en una plaza de San Sebastián. Esa escala existe y es espléndida, pero hay otra escultura que lleva siglos habitando los hogares con una discreción que ha acabado por volverla invisible: la escultura de mesa, de estante, de rincón. El bronce pequeño de un perro de caza del siglo XVIII, la figura de terracota etrusca reproducida en una edición de museo, la cerámica de un artesano contemporáneo que tiene más presencia que diez cuadros juntos.

El mercado del arte y de la decoración de calidad ha descuidado sistemáticamente este territorio, que queda en un espacio difuso entre la “obra de arte” y el “objeto decorativo”. Esa ambigüedad es, precisamente, su valor. Una pieza escultórica de calidad —aunque sea un pequeño tótem en madera, una figura abstracta en piedra o una vasija cerámica hecha a mano— tiene una presencia física que la imagen plana nunca puede alcanzar. Ocupa un lugar en el espacio. Proyecta sombras. Cambia con la luz del día. Invita a ser tocada.

Cerámica artística: el arte tridimensional más accesible y más malentendido

La cerámica tiene un problema de percepción. Durante demasiado tiempo ha sido relegada a la categoría de “artesanía” —que sería, según esa clasificación, algo inferior al “arte”— cuando la historia de la forma humana es, en buena medida, la historia de la cerámica. Los griegos producían cerámica que sigue siendo estudiada en los programas de bellas artes. Los japoneses convirtieron la cerámica en una práctica filosófica. El movimiento Arts and Crafts, del que el Art Nouveau es heredero directo, situó la cerámica al mismo nivel que la pintura y la escultura.

Hoy, el ceramismo artístico contemporáneo está viviendo un momento extraordinario. En toda España hay ceramistas que trabajan con una sofisticación formal y un dominio técnico comparables a los de cualquier escultor con exposición en galería. Sus piezas —vasijas, figuras, objetos abstractos— son arte tridimensional en toda su extensión, y suelen venderse a precios que ponen en vergüenza a los del mercado de la pintura.

Una vasija de barro negro con un esmalte craquelado impredecible sobre una estantería, junto a los libros y una lámina apoyada detrás: esa composición tiene más vida que muchos salones perfectamente decorados con recursos convencionales.

Cómo integrar escultura y arte bidimensional en un mismo espacio sin que compitan

El reto de mezclar arte bidimensional —cuadros, láminas, fotografías— con arte tridimensional —escultura, cerámica, objetos artísticos— está en la jerarquía visual. Cuando dos elementos de igual fuerza compiten por la atención en el mismo espacio, el resultado es una fatiga que ninguno de los dos merece.

La solución es la zonificación intencional: reservar el arte bidimensional para las paredes y el arte tridimensional para las superficies horizontales —mesas, estantes, aparadores, pedestales— creando una conversación entre planos. Una composición de estantería que integra libros, una pieza cerámica artística y una lámina enmarcada apoyada contra la pared funciona exactamente así: los elementos se complementan porque ocupan planos distintos del espacio.

Lo que no funciona es la distribución aleatoria de objetos tridimensionales por cada superficie horizontal disponible. La escultura y la cerámica artística —como el arte en pared— necesitan espacio para respirar. Una sola pieza bien elegida, bien iluminada y bien aislada de otros objetos que la distraigan puede transformar una esquina olvidada en el punto focal de toda la habitación.

Arte tridimensional en el exterior: terrazas, patios y jardines

El arte tridimensional tiene una ventaja sobre las obras bidimensionales que pocas veces se menciona: puede vivir en el exterior. La resistencia de muchos materiales escultóricos —piedra, terracota sin vidriar, bronce, hormigón, acero corten— al clima hace que la escultura sea el arte natural del jardín, la terraza y el patio.

En España, donde el espacio exterior del hogar tiene una importancia cultural que los países del norte no acaban de entender, la escultura de jardín o terraza es una oportunidad decorativa enormemente infrautilizada. Una pieza cerámica grande —una tinaja, un cuenco de barro negro de grandes dimensiones— en el rincón de una terraza tiene más personalidad que cualquier maceta de diseño industrial. Una figura abstracta en piedra sobre un pedestal bajo, entre plantas, convierte cualquier patio urbano en algo que se acerca a una galería al aire libre.

Dónde empezar si todavía no tienes ni una sola pieza escultórica en casa

El primer paso es el más sencillo: una sola pieza, elegida con tiempo. No es necesario empezar con una colección: basta con un objeto tridimensional que tenga calidad artística real —no un objeto de decoración industrial disfrazado de escultura— y que dialogue con lo que ya existe en el espacio.

Las ferias de artesanía y cerámica artística —que proliferan en toda España durante los meses de primavera y otoño— son el mejor lugar para encontrar piezas de calidad a precios razonables y con la ventaja adicional de conocer a quien las hace. El mercado de arte de segunda mano —galerías especializadas, casas de subastas, el creciente ecosistema online de arte— ofrece también oportunidades de encontrar escultura de calidad a precios sorprendentes.

El resto de la colección, como toda buena colección, se construye sola: una pieza llama a la siguiente, y la segunda ayuda a entender qué debe ser la tercera. Lo importante es empezar con criterio, y el criterio empieza por saber que el arte en casa no termina en la pared. Solo empieza ahí.

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