Antes de que existieran las fotos de Instagram y los reels de aeropuertos, viajar se anunciaba con arte. Las compañías ferroviarias, las navieras y las primeras aerolíneas encargaban a ilustradores de talento unos carteles luminosos que prometían playas imposibles, montañas nevadas y ciudades llenas de glamour. Aquellos pósteres de viaje, nacidos entre los años veinte y los cincuenta, son hoy auténticos iconos del diseño gráfico y una de las piezas decorativas más evocadoras que pueden colgarse en una pared. Su mezcla de nostalgia, color y espíritu aventurero los ha convertido en objeto de culto. Esta es una invitación a redescubrir el encanto de decorar con destinos soñados.
La edad de oro del cartel de viaje
El cartel turístico vivió su apogeo en la primera mitad del siglo XX, una época en la que viajar era un lujo reservado a unos pocos y, por tanto, un sueño que vender. Los grandes ferrocarriles europeos, las líneas de transatlánticos y los nacientes destinos de costa rivalizaban por seducir al viajero con imágenes idealizadas. Ilustradores como Roger Broders, A. M. Cassandre o Ludwig Hohlwein elevaron el género a la categoría de arte, fusionando las vanguardias —el Art Déco, el cubismo, el cartelismo— con una eficacia comercial deslumbrante.
Aquellos carteles compartían un lenguaje reconocible, composiciones audaces, perspectivas dramáticas, colores planos y saturados, y una tipografía integrada en la imagen. No pretendían reproducir la realidad, sino destilar la emoción de un lugar, la elegancia de la Riviera, la majestuosidad de los Alpes, el exotismo de un puerto lejano. Esa capacidad de condensar un destino en una sola imagen poderosa es lo que mantiene su vigencia casi un siglo después.
Nostalgia que decora
Decorar con carteles de viaje es invocar una nostalgia muy particular, la de una era dorada de los desplazamientos que la mayoría no llegamos a vivir, pero que el imaginario colectivo recuerda con cariño. Hay algo profundamente acogedor en esas imágenes, transmiten optimismo, elegancia y el romanticismo de una época en la que el trayecto importaba tanto como el destino.
Pero su atractivo no es solo sentimental. Estos carteles aportan color y narrativa a una estancia como pocas piezas lo consiguen. Un único póster de gran formato puede convertirse en el punto focal de un salón, y una serie de destinos relacionados —ciudades de un mismo país, costas de un mismo mar— genera una pared con discurso. Además, conectan con quien los contempla a un nivel personal, evocan lugares visitados, viajes pendientes o simplemente el placer universal de soñar con marcharse.
Cómo elegir los destinos adecuados
La selección de los carteles dice mucho de quien los cuelga, y ahí reside parte de la diversión. Una opción muy personal consiste en elegir destinos con significado biográfico, la ciudad donde se vivió un verano, el país de luna de miel, el lugar soñado. Esa carga emocional convierte la decoración en una especie de mapa íntimo de recuerdos y aspiraciones.
Otra estrategia, más decorativa, busca la coherencia cromática o temática. Una colección de carteles de destinos costeros, con sus azules y sus ocres, aporta frescura mediterránea a una estancia; una serie de ciudades europeas en tonos cálidos genera una atmósfera cosmopolita y cálida. Lo importante es que las piezas conversen entre sí, ya sea por el color, por la época o por el estilo de ilustración. En nuestra colección de láminas es posible encontrar reproducciones de inspiración vintage perfectas para componer ese pequeño atlas decorativo.
El marco perfecto para un póster con historia
El cartel de viaje admite varios tratamientos según el efecto buscado. Para subrayar su carácter retro, nada como un marco de madera con cierto cuerpo, en tonos cálidos o ligeramente envejecidos, que refuerza la sensación de objeto con pasado. Si, por el contrario, se prefiere un look más actual y depurado, el marco fino negro o el de aluminio dejan que el color del cartel sea el absoluto protagonista.
El passe-partout es muy recomendable, especialmente en los carteles de composición densa, porque aporta el aire necesario para que la imagen no resulte agobiante. Conviene cuidar la proporción del marco respecto al tamaño del póster, una pieza grande y vibrante pide un marco que la contenga sin estrangularla. Y, como siempre que hay color de por medio, un cristal con filtro ultravioleta ayudará a que esos tonos saturados se mantengan vivos durante años sin apagarse con la luz.
Dónde colgarlos para sacarles partido
El recibidor es quizá el escenario más afortunado para un cartel de viaje, recibe a quien llega con una promesa de aventura y establece un tono alegre y cosmopolita desde el umbral. El pasillo, esa zona tantas veces olvidada, se transforma con una sucesión de destinos que invitan a recorrerlo casi como una galería. Y en un despacho o zona de trabajo, un póster de un lugar soñado funciona como ventana mental, un recordatorio luminoso de que existe un mundo por descubrir más allá de la pantalla.
En el salón, conviene reservar a estas piezas una pared de cierta entidad, porque su fuerza cromática necesita espacio para desplegarse. Combinan especialmente bien con interiores de estilo vintage, mid-century o ecléctico, pero un único cartel bien elegido puede aportar también un guiño inesperado y simpático a un ambiente más sobrio. La clave está en tratarlos como lo que son, pequeñas obras de arte gráfico, y no como un mero souvenir.
Más que decoración: una declaración de intenciones
Colgar carteles de viaje en casa es, en el fondo, rodearse de la idea misma del viaje, de la curiosidad, de la apertura al mundo. Son piezas que hablan de quienes somos y de adónde queremos ir, y que aportan a cualquier estancia una energía optimista difícil de encontrar en otros estilos decorativos. En tiempos en que viajar se ha vuelto inmediato y, a veces, anodino, estos carteles nos devuelven el romanticismo de cuando partir era una promesa cargada de glamour. Y mientras llega el próximo billete, siempre quedará el placer de mirar la pared y dejarse llevar, por un instante, hacia ese destino soñado que espera al otro lado del marco.
Original, reproducción o reinterpretación
Conviene aclarar una cuestión que genera dudas, la diferencia entre un cartel original de época y una reproducción. Los originales de los grandes maestros del cartelismo son hoy piezas de coleccionista que alcanzan precios elevadísimos en las subastas, fuera del alcance de la mayoría y, además, frágiles y delicados de conservar. Por eso el mercado decorativo se nutre sobre todo de reproducciones de calidad y de reinterpretaciones contemporáneas que recogen el espíritu del género.
Esta segunda vía resulta especialmente interesante, hay ilustradores actuales que crean carteles de viaje de destinos que nunca tuvieron su versión clásica, aplicando el lenguaje estético de los años treinta a ciudades y paisajes de hoy. El resultado combina lo mejor de ambos mundos, la nostalgia del estilo y la posibilidad de tener en la pared, por ejemplo, el pueblo de la infancia o un rincón querido que jamás protagonizó un póster de los años dorados. Esa personalización es uno de los mayores atractivos del género en su versión contemporánea.
Crear una galería de viajes por etapas
Una de las maneras más gratificantes de vivir esta tendencia es construir la colección poco a poco, asociando cada cartel a un momento o a un lugar. En lugar de comprar de golpe un conjunto cerrado, muchos amantes de este estilo van sumando piezas con el tiempo, una por cada viaje realizado o por cada destino que pasa a formar parte de su lista de deseos. Así, la pared se convierte en un diario vital en permanente expansión.
Para que ese crecimiento orgánico no derive en desorden, conviene fijar de antemano un par de reglas sencillas, un marco común que unifique todas las piezas y una separación constante entre ellas. De ese modo, da igual cuántos carteles se añadan o en qué momento, el conjunto mantendrá siempre coherencia. Hay pocas formas de decoración tan vivas y tan personales como esta, una galería que nunca se termina porque, mientras haya ganas de viajar, siempre habrá un destino más que merezca su lugar en la pared.


